No recuerdo cuando aprendí el dicho “nunca digas de esta agua no beberé”  pero el día que entendí este dicho la vida me daba la bofetada más grande de mi vida. Es  el día que cambié a una alimentación 100% vegetal.

Ni de lejos  crecí de pequeña diciendo – yo de mayor quiero ser vegana- ni siquiera sabía que existía esa palabra. Yo era una niña normal, en una familia normal con una alimentación mediterránea normal del siglo XX.  Comía un poco de todo, carne, pescado, verduras, fruta, arroz, frigo pie en verano y chuches en los cumpleaños.

Un detalle que si recuerdo es que no era muy fan de la carne. Hacía bolas eternas masticando el bistec.  Separaba los nervios de la pechuga de pollo. Nunca chupaba los huesos de la chuleta.  Aborrecía el “shepherd’s pie” que hacía mi padre. En el comedor del colegio me escondía la hamburguesa  en el bolsillo de la bata,  bien envueltecita en una servilleta de papel. Y juraría que nunca comí caracoles aunque mi madre me insiste que sí.

Cuando me hice mayor descubrí que lo que me gusta es comer, cocinar sólo de vez en cuando pero comer…. Me volvía loca el jamón de jabugo cortado bien finito casi transparente, las butifarras de payes artesanas de toda la vida y el foie más sofisticado de los restaurantes franceses. Como buena sibarita  me deleitaba con unas buenas gambas y almejas frescas en días señalados. Intenté en varias ocasiones que me gustara chupar las cabezas de las gambas pero eso siempre fue un intento fallido. Nunca fui de barbacoas con entrecots y churrascos, me limitaba a un escueto y tierno solomillo al punto menos.  Pero los quesos, eso sí que eran placeres del más allá. Si comía mascarpone con gongonzola se me ponían los ojos en blanco.

No sé si le pasa a todo el mundo, pero hay frases que digo o que oigo, que aparentemente parecen ingenuas pero  por algún motivo me quedan grabadas a fuego en el cerebro para el resto de mis días. Recuerdo un día como si fuera ayer, tenía 25 años y estaba en un pica pica con los compañeros de trabajo, y entre risas y copas de vino recuerdo decirle toda descarada a una compañera de trabajo vegetariana – pero ¿cómo no comes jamón si está buenísimo? Ella se limitó a sonreirme…. Todavía me resuena mi frase en los oídos.

Cuando me hice más mayor, se despertó aún más mi amor por los animales. Además de pasear perros como voluntaria en la protectora, me apunté a una organización de defensa de los derechos de los animales. Nunca me había gustado ver sufrir a los animales. En el colegio, si los niños cogían un insecto y le arrancaban las patas a mí se me partía el alma. También recuerdo en verano mirar a los peces que había pescado mi padre, saltar sobre el cemento abriendo y cerrando la boca y las branquias con desesperación.  Desde siempre si veo un animal sufrir, yo sufro.

En casa de mis padres tuve perro, gato, peces, ranas, tortugas y hamsters; no existía un hogar sin un animal de compañía con el que jugar. De pequeña perro que veía en la calle, perro que quería tocar. No sé porque pero se me iluminan los ojos cuando veo un perro por la calle.  Cuando tuve mi propia perra la cuidé como si fuera mi hija. Si ella era feliz yo también. Dormíamos juntas. Comíamos juntas también.  Si yo salía a tomar algo o a cenar, ella venía conmigo. Viajamos a diferentes lugares de España.  Paseamos juntas por la playa. Tomábamos el sol juntas. Si ella enfermaba yo la cuidaba. Si yo lloraba ella me mimaba. Yo la cuidé y ella me enseñó a disfrutar las cosas pequeñas de la vida.  Teníamos un vínculo fuerte.

En un viaje a Berlin, después de haber pateado un ratazo y sin saber dónde estaba exactamente, me entró un hambre espectacular. Justo pasamos por un restaurante casero con buena pinta, pequeño con la pared toda de cristal, muy austero sin carteles, y en una de las mesas de la terraza, que eran típicas de picnic con la madera barnizada,  había un señor sentado en uno de los bancos, con su plato de comida recién servido. Parecía un  plato típico alemán, sencillo pero contundente. Un trozo de cerdo inmenso con la piel tostadita y la carne rosada, un montón de puré de patatas y el típico sauerkrat. Dije: quiero eso.  Cuando tienes hambre, el plato que tienes delante parece sacado de un anuncio y traída por los ángeles del cielo. Ese plato era lo que más me apetecida en ese momento. Empecé a comer y todo estaba rico rico. De pronto algo dentro de mí hizo click. Pasaron por mi cabeza millones de imágenes de animales. Después de tres bocados la carne me miró a los ojos, yo la miré a ella y mi estómago se cerró.  Ese fue el último trozo de carne que comí en mi vida.

Ese fue el giro de mi vida a los 35 años. ¿Sabes esos telescopios azules que hay en los miradores?  Yo estaba contemplando la vida por el cristal del telescopio durante 35 años y un día lo giré 180 grados en horizontal, y vi la comida desde otra perspectiva completamente diferente ¿Fue por mi instinto de curiosidad, fue mi conexión con la naturaleza,  fue un proceso de aprendizaje, fue el respeto a la vida, fue mi sensibilidad o mi humildad? La bofetada de mi vida, con dosis XXL de verdad: Los animales que me como son animales también, como los animales que amo.